No fue sino que quedara pagando el asiento para que un poco de viejas aledañas agarrara a cedérselo mutuamente, haciendo gala de una juventud que ya quisieran…

Y no fue sino que un viejito despistado y ajeno al bonche desprevenidamente lo ocupara para que las contendoras suspendieran ipso facto la contienda y procedieran a encenderlo porque cómo así, eso no vale, se nos está tirando el juego, etc.

El viejito que, ajeno a la actividad a pesar de tener todo para ganarla (o perderla, según) de lejos, tras del hecho es atacado, se empieza a desangrar.

Poniendo cara de “pues ya puestos en estas figuró es sollársela” arranca su propio juego: a la voz de uno de los más paila “tacho remacho” jamás oídos este cucho ha sacado su pañuelo y lo ha puesto entre el asiento y la hemorragia para lograr un visaje digno de la situación, porque como el asiento resultó del mismo color de la sangre, el contraste termina siendo cero y el efecto de desangre se pierde, situación afortunada en la mayoría de los casos (pareciera como que los asientos estuvieran especialmente diseñados para poner a alguien a desangrar sin dar tanta boleta) pero no en este porque la gracia no está en evitar el pánico colectivo sino “antes bien” bien piensa el cucho, en seguirlo sembrando. Entonces con el pañuelo… Y efectivamente: las viejas se timbran de una y se ponen a revolotear ruidosamente alrededor del asiento para solaz del cucho que sonríe porque qué se iba a imaginar una muerte así…

Además que nunca le había tocado un piquete de doñas tan timbradas y tan inquietas. Hasta le dio un poco de parola.

“Derecho a morir dignamente”

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